viernes, 23 de mayo de 2014

De la casa al cubil



Para empezar esta especie de diario o crónica, biografía, historia, relato, pesadilla, o sucesos (espero que no necrológica), os voy a contar que me encontré al venirme a vivir donde vivo.

En principio os diré que es una casa en el campo. Rodeada de una finca de unos mil metros, que yo tenía antes de casarme, y que por suerte no me deshice de ella (a pesar de las veces que me lo pidieron).

La casa en sí no es muy grande, pero no está mal. El problema es como está.

La mitad es una vieja casa de 20 años, llena de trastos de toda una vida, que nos sirvió de almacén de todo lo que sobraba en casa y no se quería tirar por pena (juguetes de los niños, ropa, trastos como cunas, baldes, camas, etc…). La otra mitad es nueva y es el salón/comedor/cocina y que aun está prácticamente recién acabado (lo que quiere decir que no está terminado del todo).

Además, la mayoría de muebles son de lo que se iba quedando viejo en casa y en casa de los suegros y te lo van dando. Es decir, cuarenta años lo más nuevo.

A veces parece que el mueble bar de “Cuéntame” es una modernidad comparado con el mueble que preside mi salón.

Y todo se quedó en standby para acabarlo, cuando me pilló la marea. Y de ser la casita de verano y fines de semana que íbamos a arreglar poco a poco, pasó a ser mi hogar dulce hogar.

No tenía caldera, ni lavadora, ni tele, ni horno. Tenía un microondas viejo, una cocina de dos fuegos de butano portátil, y un frigorífico viejo que los Alcántara habrían tirado por viejo.

Me duchaba calentando agua en una olla y metiendo un barreño en la bañera (días entresemana en la empresa). Y diréis, ¿porqué no te compraste una caldera? Porque iluso de mí, pensaba que aquello sería una cosa de un mes o así. Pero no. Así que lo primero fue la caldera.
 
La tele vino después, porque estaba harto de escuchar la radio, que parecía que vivía en un taller mecánico. Y un pequeño horno eléctrico para poder calentar una pizza, aunque luego…bueno eso para otro post.
 
El frigorífico me va bien, así que por ahora se queda conmigo. La cocina también, he descubierto el placer de antaño de cocinar a fuego y es mejor que la vitrocerámica. Seguramente que si compro cocina nueva será con fuego de gas. No tengo lavavajillas, ni quiero. Prefiero darle un fregado a los cuatro cacharros que gasto.
 
Y en fin, espero poco a poco ir arreglando la parte vieja, acabando la nueva, y renovando el mobiliario.

Espero que no hayáis llorado mucho.

Hasta la próxima entrega, amiguitos. Prometo ir añadiendo fotos del antes y el después, de los desaguisados y aciertos, y de cosas que tengo para que os riáis también.

 

Y en el próximo episodiooooo… Mis primeras semanas en el cubil. Auuuuuuu.

Hace un año




Hace ya un año que vivo solo. Se puede decir que fue una decisión concertada. Pero no fue elegida, fue impuesta. Era eso o esperar a que todo estallase. Imagino que ya comprenderéis, los que no me conocen, que me separé.

No voy a explicar las circunstancias que motivaron esto. Yo tengo las mías y ella las suyas, y seguro que ninguna de las dos sean la reales.

El caso es que mi vida cambió por completo un 30 de marzo, sábado de Semana Santa.

 

Yo soy una persona bastante independiente desde hace muchísimos años, aunque siempre acostumbrado a vivir con alguien. Dejé la casa de mis padres para irme a vivir con mi pareja, y allí vivimos juntos (con un año de separacion por medio, pero esa es otra historia) durante casi trece años.

Si bien no ha supuesto un gran cambio en mis hábitos, sí que me ha impuesto dos cosas: vivir solo, y como consecuencia de ello, tener que hacerlo todo solo y para uno.

 

Y aquí empieza mi odisea. De ser un perro casero y familiar, a convertirme en un lobo solitario.